Instalavista, baby?

instagram

Empecé a utilizar Instagram tan pronto como aterrizó en Android. Era una de esas (pocas) cosas por las que envidiaba a los usuarios del manzanófono, aquella aplicación tan sencilla, maja y limpia, que servía para darle un toque retro a tus fotos y compartirlas en su propia red social exclusivamente móvil (por aquél entonces lo era).

Nunca me lo he tomado muy en serio, he tratado de pasármelo bien y lo he usado más como un fotolog que otra cosa, aunque me he ido aficionando bastante. La cosa fue a más cuando, hace unos meses, @Albertomakusikusi, un enamorado de esta red (y un crack), me proponía  participar junto a otros instagramers en un libro sobre fotografía móvil. Está en imprenta, a puntito de salir (ya hablaré del tema). Últimamente, también me he acercado un poco más a la “comunidad” local (el sábadohicimos un pintxo-pote-destroy del copón de la baraja, en el Casco Viejo de Bilbao).

Pero entonces llega la gente de Instagram, anuncia la actualización de las condiciones de uso y la política de privacidad y BAM! Arma un jariguay de proporciones épicas.

En resumen: se deja la puerta abierta a la inclusión de publicidad y se añaden las típicas cláusulas del estilo “podemos usar tu info para tratarla comercialmente, compartiéndola entre empresas del grupo y blablabla”… Pero, además, se incorporan otras “innovaciones” muy divertidas que, tal como yo lo veo, son la clave del jaleo. Como esa mediante la que se otorga a Instagram una licencia de uso “no exclusiva, ya satisfecha y libre de royalties, transferible, sub-licenciable e internacional del contenido que publicas a través del servicio”. O aquellas cláusulas por las que un negocio u otra entidad puede pagar a Instagram por mostrar tu nombre de usuario, tus gustos, fotos (junto con cualquier metadata asociada), y/o cualesquiera acciones lleves a cabo, en contenido o promociones de pago o esponsorizadas, sin compensarte por ello de forma alguna.

La polémica está servida. Por un lado, quienes tuercen el morro con el cambio, ponen el grito en el cielo y han decidido dejar el sitio. Por otro, aquellos que lo consideran la enésima “falsa alarma” asociada a facebook, empresa propietaria de Instagram desde hace unos mesecillos. Yo creo que ambas partes tienen razón. Y lo tienen porque, aunque sea de perogrullo, depende del uso que se haga del servicio  y del límite que cada cual se marca como aceptable, dentro de las condiciones que el proveedor del servicio fija.

Sin embargo, entender a las dos partes no implica que no esté más cerca de una de ellas.

Como instagramero, me fastidia. Es simple: me gustaba el servicio tal y como estaba concebido. No tendría problema, siendo gratuito, con ciertas condiciones… Pero la integración de datos con facebook me huele a pies (tengo una relación amor-odio con ella) y esa licencia ilimitada de uso de los contenidos (incluso transmisible a terceros), me parece un poco bárbara.

Lo de querer monetizar el servicio es super lógico. Incuestionable. Me cuesta, eso sí,  comprender por qué entre el infinito número de posibles modelos de negocio, se ha optado por uno con el que se podía prever que los usuarios “hardcore” se cabrearían, al fulminar en un ti-tá algunas de las claves que han llevado a Instagram al éxito y que lo diferenciaban, precisamente, de facebook.

misteorias Instagram Arte Artístico

me encanta cuidar el arte de lo que subo a Instagram…

Ahí van, los super fanses y fansas. Sobre todo esos que no eran muy del bacebook. Vuelan… Entre los tránsfugas, mucha gente que por su arte, su personalidad o ambas cosas, era popular en la red de las instantáneas. Se llevan sus fotitos y, como líderes de opinión que son, arrastran a sus amiwitos y amiwitas followers no ya fuera del servicio… sino también hacia otras alternativas. A la competencia. Catacrocker.

En cuanto al uso y transmisión libre sobre los contenidos que publicas… es más gracioso si se piensa en que la “comunidad” no la formamos sólo personajes más o menos anónimos. “Celebrities” y empresas de todo tipo comparten contenidos junto al usuario random de turno. Por eso a nadie extrañe que, por ejemplo, National Geographic haya enseñado el dedo corazón condicionado el mantenimiento de su cuenta a un cambio urgente en los términos de uso.

Tras el revuelo, los señores de Instagram han salido a aclarar el clásico “no no, a ver a ver, que esto y aquello lo decimos en tal contexto… que se ha interpretado mal… que los textos legales son tan farragosos y alambicados… ya, si eso, lo escribiremos de otra forma”. Yo me lo creo muy firmemente (a tupper), viniendo de un empresón pluriversal que basa su negocio en la comunicación. Guiño guiño. Al menos, han reculado un poco…

Fuera un globo sonda, un despiste o cualquier otra cosa mantecosa, ya ha tenido efecto. Efecto mierder: ambiente enrarecido, migración en masa y la sospecha sobrevolando algo que antes molaba un huevo pero, a partir de ahora, vete tú a saber.

Me quedo de momento. Adaptaré mi uso en vista de las condiciones, las modificaciones que vengan dentro de unos días, o las que lleguen más adelante. Es que, en serio, me lo quiero pasar bien.

Y tal.

 

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