Sobre atuendos y comentarios ingeniosos

El otro día fui el protagonista involuntario de una de esas situaciones maravillosas en las que no sabes si ofenderte o reír. Sucedió en 30 segundos. La película es la siguiente: estoy con dos compañeros en la cafetería del edificio en que trabajamos. Todo normal. En plan cortado con fría y conversación aleatoria, la caza del escarabajo pelotero en época de celo o pongamos X. Nos levantamos para pagar y escucho la siguiente frase, nítidamente, en tono despectivo:

yo también voy a venir así… para ir al monte

Tengo curiosidad, así que miro. Es una chica / señora de una mesa que está apenas a unos metros. Luce sonrisilla de orgullo, rollo “me molo a mí misma”, como si hubiera hecho el chiste triunfal en medio de su monólogo del Club de la Comedia y la gente le estuviera aplaudiendo hasta con las nalgas. Me mira de reojo intemitentemente mientras dice algo más a sus dos compañeras. Se giran hacia mí y comienzan un triple escáner de arriba abajo, de abajo arriba, de arriba abajo. Una vez me han digitalizado a resolución máxima, asienten. Ponen ese gesto repelente de amigas superguays de la capitana de las animadoras. Rondarán los 40, pero fuera bromas, estoy viviendo la clásica escena junto a las taquillas del instituto de las películas adolescentes americanas. En directo.

Noto el desprecio recorriéndo mi piel. Me giro. Confirmo que no hay nadie detrás pero, por un momento, mantengo la duda sobre si realmente se refieren a mí. Se levantan y, al pasar a nuestro lado, una de ellas repite el repaso de arriba abajo con cara de “no te da vergüenza, viola-gallinas…?”. Todavía no sé por qué, pero ya me doy repelús y todo… No lo pillo, ¿qué pasa?.

De repente, relaciono el comentario… las miradas… y caigo (definifitamente neceistaba el café). Ese día he colgado el traje, he ido a trabajar en vaqueros y camisa de cuadros. Voy limpio, aseado, huelo bien. Pero voy sin trajear. Resulta que he ido “de sport” a trabajar y eso es una cosa muy malosa. Pecado capital.

Aunque me cuesta creer el descaro y la falta de consideración, decido que me va a dar igual. Así, sin más. Pagamos el café al camarero y montamos en el ascensor. Sorpresa, las tres amigas han entrado delante. En este reducido espacio, me da la impresión de que ya no les hace tanta gracia el comentario. La curiosidad me mata, así que las observo con cara amable y sonriente. Voy pasando de una a otra. Imagino que se preguntan si, por un casual, voy a bajarme en la misma planta. Obviamente no, pero es curioso: acabo de confirmar que trabajan en el mismo edificio que yo y, mejor aún, sé en qué empresa.

Lo más divertido de todo esto no es lo gratuito de la crítica o que se haga con ánimo de hacerse notar. Tampoco lo es que quienes critican, precisamente, vistan “de sport” en ese momento (…). Ni siquiera lo es que ese día haya convocada una huelga, de ahí el look “relajado”. Lo más divertido, sin duda, es que la empresa para la que trabajan es una respetabilísima consultora a cuyos trabajadores y trabajadoras se les exige una imagen y comportamiento discreto y cuidado, tanto dentro como fuera de su horario de trabajo. O algo así…

Obviamente es una tontería sin importancia. Se queda como una anécdota que a mí me hace gracia y da para una entrada misteórica más, con reflexión ligera de regalo. Pero, curiosamente, ahora no puedo evitar asociar la marca de esa respetabilísima empresa con cierta actitud prepotente y gilipollesca. Vete tú a saber por qué.

imagen: DeadPool, de Marvel, tomada de el blog de jotace

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