Carta abierta a las txosnas de nuestras fiestas

Estimados lagunos y lagunas (hamijos y hamijas):

Me dirijo a vosotros y vosotras con la intención de expresar mi más profunda preocupación por lo que está sucediendo en las fiestas de nuestros pueblos y que, en estos momentos, también afecta a nuestra querida Aste Nagusia. No es un problema nuevo, tampoco es la primera vez que lo saco a relucir, pero me parece que estamos llegando a un nivel de castaño oscuro muy tirando a caca, que echa para atrás.

¿Cómo es posible que hayamos llegado a esta situación? En lugar de buscar una solución digna, respetuosa, hemos forzado la máquina a unos límites al borde de lo insostenible.  Pongámosle nombre a las cosas, afrontemoslo como lo que es, un desastre, una vergüenza, un conflicto que, aunque no se reconozca por algunos y algunas, debemos empezar a mirar de cara para buscar soluciones:

¿Qué hemos hecho para que se llegue a servir este Kalimotxo de txosnas? Por favor. ¿Realmente nos merecemos esto? Estamos hablando de una institución a la que se está dando un trato deplorable. Una bebida que forma parte de nuestra cultura. No es un combinado infame más, es el cóctel euskaldun por antonomasia. Se merece un respeto por lo que ha sido y por lo que es, un respeto que también se debe extender a quienes lo consumimos con amor por lo nuestro, porque refresca, porque está rico, porque te alegra la existencia y hace que la gente sea mucho más maja, más guapa, baile mejor…

Ironías de la vida, sabemos que la forma de “preparar” lo que hoy se ofrece en las txosnas bajo la cuestionable denominación de Kalimotxo, surgió por temas salubres. Estamos de acuerdo en que necesitábamos una alternativa a aquellos macroperolos en los que, originalmente, se mezclaban cienes y cienes de litros de jariguay con vino peleón. Conocemos las leyendas que han pasado de generación en generación de jaieros y jaieras sobre el momento del vaciado (al final de las fiestas) de los enormes recipientes kalimotxeros, donde aparecían sagutxus, profilácticos usados o incluso algún txikitero despistado que había ido a echar un txis detrás de la estructura, cayendo víctima del atractivo irresistible de una litrada de campeonato (y luego ya, dentro, se había dado cuenta de que “este tinto está muy dulse”). También es cierto que son historias un poco hinchadas, al borde de la leyenda urbana, porque a ver quién se cree que en aquella época los vascos pillaban cacho, menos aún con condón…

Pero el caso es que el remedio que se buscó, el Kalimotxo “de grifo”, es desde hace años peor que la enfermedad. Cada vez peor. Difícilmente justificable. Un drama. Hablamos de calidad, de salud… Jamás debería haberse llegado a este extremo en que sufrimos pócimas cuyo sabor, textura y efectos secundarios manchan la fama del original y destrozan nuestros adentros.

Si no conseguimos un cambio en la composición, al menos llamemos a las cosas por su nombre. Propongo que los carteles de txosnas anuncien el asunto sin engaños: Kalimonstruo, Kalimordor, Galipó… reservando el honorabilísimo término Kalimotxo para el vino cutre con CocaCola de toda la vida.

#PorUnKalimotxoDigno

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