El tamaño importa…

El tamaño importa… en el trabajo. Al menos eso es lo que se desprende de una insólita noticia que cubre la prensa de hoy (hablo de la digital, la impresa no sé si sigue existiendo). La dramática a la par que cómica historia de una trabajadora cuyo despido se ha basado en criterios bastante subjetivos. En dos, para ser exactos.

Lauren Odes era una alegre y pizpireta (licencia literaria) asistente de producción en una firma de (a tope con la ironía) lencería de Manhattan. Al parecer, nada más incorporarse, tras su contratación, una supervisora torció el morro y se dirigió a la jóvena diciendo algo así como “eres una cachondilla y tienes unas peras nivel misil tierra aire” (dramatización), etiquetando su exuberante presencia como “un peligro para la distracción del resto de compañeros, que igual se grapan un dedo mirando, o algo” . Posteriormente añadiría una utilísima recomendación: “aplástatelas con cello, que ocupan media sala” (basado en hechos reales).

La neskato ventinueveañera cuenta que intentó adaptar su vestuario a los consejos recibidos. Conste que no había obtenido directrices previas a pesar de preguntar expresamente y tampoco existía código alguno para vestir. Lejos de acertar con la estética y los requerimientos textiles (y tetiles) de sus superiores y superioras, tras varios episodios de “me pongo esto, me tapo aquello”, que no convencieron a la empresa, fue despedida. Eso sí, previa humillación pública frente al resto de la plantilla al ser obligada a ponerse una batamanta (ver foto). El despido, por cierto, se hacía efectivo mientras nuestra protagonista compraba una prenda más apropiada que cubriera sus hombros, a petición de los propios empleadores.

Desde Misteorias no queremos (esto del plural mayestático mola que te cagas) cuestionar la posibilidad de que Lauren se equivocara con su atuendo en un ambiente laboral. Carecemos de los datos suficientes como para hacer una valoración seria (si los tuviéramos, ya nos buscaríamos otra excusa para no hacerla). No obstante, nos surgen algunas dudas con todas esta historia que huele a pies:

Si había un sentir tan unánime sobre el tamaño pechuguil, ¿lo habrá del paquetil?.  ¿No habría sido más fácil y lógico, dentro de la tontería esta, desechar su candidatura en la propia fase de selección? Sus atributos ya estaban ahí cuando la ficharon.

Supongo que, al margen de toda la problemática legal (por extensión, financiera) que puede traer un proceso como este en un país al que le gustan las condenas ejemplarizantes con indemnizaciones muchimillonarias, tampoco les beneficiará a nivel de imagen. Pocas promociones peores puede haber para una firma de lencería, que despedir a una mujer por “ser sexy” y tener unos pechotes generosos

Me extendería más comentando cómo es un ejemplo de lo que no hay que hacer a nivel de gestión de Recursos Humanos y de imagen corporativa, pero es que igual queda muy serio (además de ser bastante obvio).

fuente de la imagen: elstrato.com (aunque tiene pinta de estar arramplada por los internetes)

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