El TRAJE, esa gran prenda

Antes de trabajar en traje, nunca me había gustado. Sigue sin gustarme especialmente. Lo tolero, pero no me resulta cómodo ni me gusta la imagen que yo doy con él. Me parece un poco alienante, impersonal y me molesta que esté considerado socialmente como un estándar de “elegancia y seriedad”. Me da igual lo que diga Barney.

Seguramente lo peor de usar traje es que lleva implícitas una serie de contradicciones bastante graciosas: hoy en día llevar traje no determina gran cosa, en el fondo no dice nada de la persona que lo lleva, ni de su personalidad, ni de su estatus económico, el  puesto en la empresa en que trabaja o el propio trabajo que desempeña. Sin embargo, al mismo tiempo, sí proyecta un montón de ideas sobre todas esas cosas. Abre y cierra puertas. Si no fuera así, ni yo ni nadie de mi oficina, ni la gran mayoría de todos esos trajeados que ves por la calle, usarían traje.

Lo irónico del traje es que al haberse adoptado como una suerte de uniforme en ciertos puestos de trabajo, sobre todo de tipo comercial, puede dar lugar a situaciones un poco absurdas, según el contexto en que lo lleves puesto… El clásico por antonomasia es el que sufrirás si entras en traje al Corte Inglés.

Trabajo en el centro de Bilbao. Gran vía, el núcleo financiero y comercial. Si no estoy empantanado entre hojas excel y papeles, voy a estirar las piernas en el descanso de la comida, así que es bastante habitual que acabe echando un vistazo por las tiendas de alrededor. Libros, discos, ropa, juegos, fotografía, palmeras de chocolate… lo que cuadre. Siempre he echado algunas pestes de El Corte Inglés, pero tengo muy a mano sus tres tiendas en la ciudad y, de vez en cuando, entro. El core de esta empresa no es ofrecerte cosas baratas precisamente, pero si sabes esperar a la alineación correcta de planetas (y sacrificas un animal peludo mientras repites un par de frases en algún idioma antiguo), puedes encontrarte cosas interesantes. Mis razones para tener cierto amor-odio a estos grandes almacenes siempre han sido el trato y el precio, aunque desde hace un tiempo veo un inconveniente aún mayor para entrar en sus tiendas: si vas en traje, hay una probabilidad considerablemente más alta que en cualquier otro establecimiento de tener que pronunciar esas mágicas palabras:

“Yo no trabajo aquí”.

Me lo tomo con sentido del humor, pero conozco gente que, si va trajeada, evita entrar o, como mínimo, se quita la corbata. Técnica que, comprobado, no siempre surte efecto. Da igual la sección en la que estés, El Corte Inglés es el infierno del comprador empingüinado. La explicación es obvia, la gran mayoría de dependientes (en masculino) van en traje y corbata, así que es relativamente fácil que te confundan con uno de ellos.

La primera vez que me pasó fue precisamente buscando un traje (paradojas del destino). Acababa de dejar atrás mi vida como Becario Nivel 99. Ya era Analista Eventual nivel 1. Todo un hombre. La presión de la facción pro-traje de la oficina me impulsó a abandonar mi look “Business Casual” (también llamado, sencillamente “sin corbata”). Estaba mirando nuevos disfraces cuando una madre, con su acnéico hijo, se acercó a mí para preguntarme algo sobre una chaqueta. La señora siguio mi dedo índice (puntualizo por si alguien se imagina el corazón) en dirección al encargado que, por cierto, era un poco impertinente especial.

Meses más tarde, comparando precios y buscando alguna oferta en fotografía digital, volvió a pasarme varias veces. Aunque lo surrealista de la anécdota es que en una ocasión me confundieron tres veces en 10 minutos: un cliente que me preguntó sobre una oferta que, el día anterior, me había ofrecido un comercial; una chica a quien también desvié a un vendedor, antes de que me dijera 3 palabras seguidas (la ví venir). Y, finalmente, lo más gracioso, cuando llegó mi turno, tuve que explicar a una empleada que:

no, no, no es que no sea mi sección o no te hayan avisado de que me movían a fotografía, es que yo no trabajo aquí, venía a preguntarte por esa cámara…”

Pero supongo que mi anécdota Corte Inglés + Traje más divertida, pasó en la sección de videojuegos de la tienda que está frente a mi oficina.  Se me acercó la típica madre en busca de “un juego como para mi hijo de 11 años”.

Si soléis frecuentar alguna tienda de videojuegos, quizás alguna vez un padre o una madre os pida ayuda en plan favor buenrollista, bien porque los vendedores/as están ocupados/as, bien porque se fian más de otro jugador/a o por ambas razones/as.  Ya me había pasado un par de veces en otros sitios y la verdad es que no cuesta nada echar un cable…

Imaginé al pobre niño recibiendo un regalo no deseado, a cámara lenta… arrugando su cara hacia el llanto… gritando a su madre con los ojos encendidos en llamas… amenazando con destruir la mitad del universo… y se me enterneció el alma. Así que le hice cuatro preguntas a la madre, para averiguar los gustos videojueguiles del chaval, un poco de su personalidad y así pensar en qué le podía ir. Le recomendé tres o cuatro opciones (entre ellas el último Zelda) y la señora me agradeció efusivamente los consejos (aunque luego me hizo caso a medias). Tardaría poco en descubrir que no había hecho una buena obra, sino una venta, al preguntarme si le cobraba yo “o la chica”. Me costó reaccionar, pero luego no pude evitar echarme a reir. A mi “clienta” también le dio la risa al enterarse de que yo iba allí a comprar, aunque luego se avergonzó un poco y me pidió perdón. A la empleada de la caja no le hizo tanta gracia, aunque no entiendo muy bien por qué… Al fin y al cabo, la agradecida madre se llevaba dos juegos de 40 euros del ala cada uno y una porquería de pack, con una funda y accesorios, a cuál más inútil. A mí no me iba a pagar nadie una comisión. De nada, maja.

La última, fue acompañando a unas compañeras de trabajo a la planta de deportes. Lo cómico en esta ocasión fue precisamente que, 5 segundos antes de soltar un “yo no trabajo aquí” a una pareja, que venía a pedirme la talla de una sudadera, estaba comentando a mis compis que no me gusta ir en traje al Corte Inglés porque me suelen confundir con un comercial. La ley de Murphy, que no falla.

Compartiendo alguna de estas batallitas con otros compañeros, a todos les ha pasado cosas parecidas. Mal de muchos…

Si hace unos (cuantos) años, cuando rondaba la veintena, alguien me hubiera dicho que un tiempo después iría a diario a trabajar en traje, probablemente le hubiera soltado un discurso para argumentar que eso era fantasía épica (con dragones y universos paralelos). Nunca sucedería. Cosas de dónde te lleva la vida, ahora me toca elegir corbata, camisa y traje cada mañana. Mi Yo veinteañero me pondría a caer de un guindo, lo tengo claro.

Cómo echo de menos los vaqueros y las zapatillas entre semana.

fuente imágenes: quegrandeeselcine, wlppr.com

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Un comentario en “El TRAJE, esa gran prenda

  1. ¿Te acuerdas de que me reí de tí porque tenías que ir disfrazado a trabajar y parecías un militante del PSOE?

    Bueno, pues el karma ha querido que yo también tenga que disfrazarme. No puedo trabajar en una oficina con Sketchers >__<

    Mi madre, por otro lado, está en la gloria con esto…

    (trabajamos en la misma manzana, me parece, pero en verano nos trasladan a la torre de Sauron)

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